¿Se han cargado las Big Four el capitalismo? Reseña de Bean Counters

No es algo nuevo. Desde el escándalo de Enron a la crisis subprime, cada vez que un nuevo escándalo financiero llega a las noticias siempre acabamos mirando de reojo a los auditores. ¿Cómo es posible que no lo detectaran? Con la notable excepción de Andersen tras el caso Enron (y esta sanción fue por obstrucción a la justicia), no se suelen ver grandes sanciones a estas empresas. En Bean Counters, Richard Brooks repasa la historia de la contabilidad, cómo se llegó al estado actual en el 4 firmas dominan el mercado a nivel mundial y los efectos que esto tiene en diferentes frentes.

Richard Brooks y su estilo

Richard Brooks no siempre se dedicó al periodismo, su profesión actual. Y es que antes de empezar a trabajar para Private Eye como periodista de investigación especializado en escándalos financieros se dedicaba a ser, nada más y nada menos, que inspector de Hacienda (bueno, del HMRC, su equivalente británico). Y eso se deja notar no sólo en su conocimiento del tema, muy amplio, sino en sus filias y fobias. Digamos que la gente que ayudaba a empresas e individuos a evadir impuestos no le cae demasiado bien.

El tono del libro es muy entretenido, y hasta ligero. Muy dentro del estilo del estilo de la mayoría del periodismo británico que he leído (amarillista hasta en investigaciones de gran calidad). Eso sí, repite los puntos principales hasta la saciedad (y con bastante detalle). Así que me voy a permitir hacer un pequeño repaso a los principales contenidos del libro.

Investigando al cliente

Hablar de las Big Four y de conflictos de intereses es todo uno. Y es lo que tiene el modelo de generación de ingresos de estas empresas. En Bean Counters se explica en detalle el proceso que llevó de firmas que trabajaban para los accionistas y contra el management para descubrir fraudes al modelo actual: firmas que usan las auditorías como puerta de entrada para conseguir contratos de consultoría mucho más lucrativos.

Lo más interesante de esta parte del libro no es tanto las conclusiones (nada nuevo para los que llevéis algo de tiempo siguiendo este tema, y otros libros anteriores como The smartest guys in the room exploran el tema de los conflictos de intereses de auditoría y consultoría), sino la historia. Brooks hace un excelente repaso desde el nacimiento de la contabilidad de partida doble hasta la actualidad. Es curioso como comprobar que las firmas de auditoría nacieron en el siglo XIX y eran contratadas por los accionistas para salvaguardar sus intereses frente a la dirección, y el imperativo legal vino mucho después.

Aunque no hay nada nuevo en cuanto a conclusiones, no deja de ser importante poner de relevancia los fallos de nuestro sistema de gobierno corporativo. Con un accionariado muy atomizado y más centrado en el precio de la acción, muy alejado del negocio y su gobierno, no sólo no hay posibilidad de influir en que la auditoría sea de mejor calidad: no hay incentivos a hacerlo. Presionar para una auditoría mejor sólo tiene sentido, para el accionista, si sus retornos vienen del propio negocio y no de la percepción pública del mismo.

Así, con unos accionistas desincentivados a controlar las auditorías, y con unos auditores incentivados a cumplir los dictados de la dirección ya que cobran más por otros servicios, acabamos con un cóctel maravilloso para que se permita a la dirección hacer malabares con la contabilidad.

El Estado y las Big Four: una relación problemática

Una de las principales fuentes de ingresos dentro de la consultoría para las Big Four es la consultoría en torno a la reducción de la factura impositiva. En el libro se detallan algunas estrategias, especialmente en torno al desvío de beneficios a Luxemburgo, que han llevado a cabo las grandes firmas.

En torno a esto, de nuevo, poca novedad. No sólo eso, sino que es lógico que las Big Four vendan este servicio, y que las empresas lo acepten. Aunque la existencia de paraísos fiscales sea problemática desde el punto de vista del funcionamiento del mercado (y, en mi opinión, lo es, al distorsionar la competencia con factores que desligan la prestación del servicio y el beneficio económico) no creo que el problema sea moral.

Sin embargo, Brooks sí que presenta un punto interesante, en mi opinión. Las Big Four son las beneficiarias de un oligopolio creado en buena medida por la regulación de los países que ven reducidos sus ingresos por estas estrategias. Parece poco razonable que se les garantice uno oligopolio que les da las herramientas para conocer la contabilidad de buena parte de las empresas de un país y después se les permita explotar el conocimiento derivado de ese oligopolio para perjudicar al regulador que se lo concede.

No es el único punto en el que las Big Four entran en conflicto con el Estado, para el autor. A través de varios ejemplos de asesoría desastrosa en Reino Unido (varios cambios en el NHS, el proyecto HS2, la estructuración de la financiación de proyectos público-privados en UK… ) Brooks explora si los informes dados por las Big Four son adecuados o relevantes para los poderes públicos. De nuevo, su incentivo no es a ofrecer un servicio objetivo, sino a dar una opinión que respalde al gobierno de turno para conseguir más contratos (y, de hecho, Brooks detalla un caso en el que las opiniones no fueron favorables… con la consiguiente sequía de contratos públicos en los siguientes años para la consultora).

No sólo eso, sino que, sostiene el autor, estas firmas tienen incentivos a recomendar grandes gastos… porque de esa forma obtendrán más trabajo de consultoría por parte de las firmas privadas. En cierto modo, se parece a la crítica que se hace a las recomendaciones de M&A de los bancos de inversión.

La solución propuesta por el autor, que estos informes vuelvan a recaer en el funcionariado, tiene su sentido (los incentivos no son los mismos para los funcionarios), pero al mismo tiempo dudo que solucionara gran cosa. Aunque el funcionariado no tenga incentivos a decirle siempre que sí al gobierno, sí que los tiene a aumentar el tamaño del propio aparato del que forman parte. Encargar los informes a expertos independientes quizás reduciría los incentivos perversos, especialmente en la parte del gasto, pero no en que las conclusiones favorezcan al que lo encarga, así que tampoco tengo claro que haya una solución satisfactoria a este problema.

Quis custodiet ipsos custodes?

Siempre es un buen momento para hacer referencia a Juvenal… o a Alan Moore

El problema más interesante que, a mi juicio, plantea Brooks es la dificultad de sancionar a los contables. En el sector se ha producido, a falta de barreras regulatorias a la concentración, una concentración impresionante a base de compras de despachos.

Con la excepción de algunas firmas con relevancia a nivel local que hacen cierta competencia (por ejemplo, Grant Thornton en el Reino Unido, aunque visto lo de Patisserie Valerie, no sé por cuanto tiempo), las Big Four dominan la auditoría en casi todos los países en el mundo occidental (y también tienen una porción significativa del mercado japonés y el chino).

Además, en casi todas las jurisdicciones se permite a estas firmas operar como LLPs o una estructura similar, es decir, que la responsabilidad económica no se extiende al patrimonio personal de los socios. Aunque esto pueda parecer normal ahora, lo cierto es que no era muy común hasta hace unas pocas décadas en los servicios de este tipo, como explica Brooks en el libro. Al ser firmas que no requieren apenas capital, la estructura siempre es muy ligera (además de segregada en cada país), y los beneficios de cada año se reparten en su práctica totalidad.

Este segundo elemento hace que las multas económicas tengan un efecto muy limitado en la empresa (al fin y al cabo, no se pueden imponer multas muy relevantes y esperar que se paguen sin que se disuelva la empresa). Y la posibilidad de que se disuelva no es en absoluto deseable debido a la concentración. Cuando por unas u otras circunstancias una firma de las grandes ha salido del mercado (Andersen tras el escándalo de Enron, o más recientemente PwC en Japón) el gran número de firmas que se quedan sin auditor y la falta de capacidad para cubrir de forma rápida esas necesidades ha causado problemas relevantes. Y eso hace que sancionar con la perdida de licencia para auditar sea un problema casi mayor para el propio regulador que para la firma sancionada (y, probablemente por eso, no ha vuelto a pasar tras la sanción a Andersen, con la excepción de algunas sanciones temporales de muy corta duración)

En resumen, acabamos con un actor que debe velar por la limpieza de las cuentas y al que este negocio se le concede casi por imperativo legal… pero que no tiene incentivos a hacerlo bien, y a las que no se puede sancionar.

¿Soluciones?

Después de pintar una imagen tan apocalíptica, Brooks propone, por supuesto, soluciones (dispersas, en realidad a lo largo de todo el libro):

  • Que los informes del sector público se hagan en el sector público
  • Impedir a las firmas de contabilidad que proporcionen servicios de consultoría, eliminando parte de los incentivos a hacer la ola al management
  • Trocear las firmas para dar lugar a más competencia
  • Eliminar el status de LLPs para estas firmas.

Aunque son bastante radicales en su formulación, salvo la eliminación de las LLP, no veo ninguna propuesta que no haya visto antes bastantes veces. Y la verdad es que salvo la segunda (que, personalmente, no entiendo cómo no es una realidad), soy bastante escéptico respecto al impacto que podrían tener.

Conclusiones

Bean Counters es, a pesar de la temática, un libro bastante entretenido e informativo. Eso sí, se hace repetitivo en ocasiones e insiste muchísimo en cada uno de los puntos y, en mi opinión, abusa demasiado del estilo periodístico (directo, agresivo), que quizás sea más apropiado para una forma más corta que para un libro bastante largo.

No he acabado convencido de que las Big Four sean los cuatro jinetes del Apocalípsis, pero la verdad es que es interesante echar un vistazo a los problemas que trae dejar una porción tan relevante de nuestro sistema en manos de cuatro firmas que derivan sus beneficios de otras actividades.

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